La trama del placer
No es fácil estar seguro de lo que predomina en la pintura de Mirian de los Angeles, si las tramas geométricas que toman de forma compulsiva la superficie de sus lienzos o el color característicamente vibrante de los mismos. La verdad es que en la combinación de elaboradas composiciones, diremos abstractas – por la simple ausencia de la figuración más concreta – y de un intenso cromatismo, toma forma el cierne de su producción.
Y cabe observar que se trata de una abstracción que no está pautada en la expresividad, si pensamos en su registro más estereotipado, de cierta gestualidad a servicio de impulsos lírico-catárticos; aunque no deja de ser filtrada por la sensibilidad de la artista, se presenta aquí con una línea de procedimientos más racionalista y, sin embargo, nada pretenciosa. Una pintura que no deja de asumirse como un sabroso ejercicio de experimentación, celebrando la dimensión del placer que la atraviesa. Que no se avergüenza, al fin y al cabo, de hacer de la alegría su meta.
La relación entre los elementos forma y color se presenta inequívocamente como centro de la obra de la artista, asumiendo papeles jerárquicos intercambiables. El diseño inicial, trazado para estructurar y dar forma a las tramas de las composiciones, aunque apunte a caminos posibles para su cobertura con el color, parece quedarse en cierto modo rehén de los designios imprevisibles que aquél puede determinar, cuando ocupa minuciosa e intuitivamente toda la superficie del soporte. Color y formas se entrelazan, ora compitiendo, ora realzándose mutuamente. De esta dinámica, emergen instigadores movimientos ópticos, que tensionan aspectos relativos a la canónica relación figura-fondo. Las sensaciones de planicie y profundidad se imbrican y se alternan, jugando con la percepción del espectador, debilitando sus certezas.
Si el resultado final puede eventualmente sugerir una factura “técnicamente fría” por el rigor compositivo y de recurrencia a los patrones geométricos como elementos estructurales, hay que estar atento a otras características de esta pintura que amortiguan este tipo de lectura. Es evidente que el propio color, siempre omnipresente, vibrante y generoso, es el primer factor a contraponerse a esta impresión. Todavía más contundente, a pesar de discreta, es la marcada pincelada, que aquí y allí Mirian insiste en hacer visible, como para explicitar el carácter pulsante, vital, con que encara su praxis.
Imprimiendo una alta carga de intensidad en su producción, Mirian elabora un colorido universo difuso de formas que gravitan entre la composición abstracta y la sugerencia de una improbable figuración caleidoscópica, a su vez potenciando e intensificando las ya mencionadas relaciones de planicie y de profundidad. Obras que indican un trabajo, al mismo tiempo despojado y cuidadoso y, en el patrón, algo repetitivo de un procedimiento compulsivo, pero ordenado y apasionado, base del acto de la creación. Aparece también en su pintura un componente de afectividad, más explícitamente evidenciado en los títulos prosaicos, sencillos, con que nombra sus lienzos.
Ya se ha dicho que el artista pinta movido por el objetivo de provocar placer. “Se supone que el artista sabe perfectamente lo que es una experiencia placentera”, afirma Richard Wollhein. Y si lo que interesa al artista en su práctica, como propone este teórico, es “mantener el cuadro en el rumbo correcto, es decir, garantizar que la experiencia que él calcula que va a producir en los demás esté en sintonía con el estado del espíritu o la intención a partir de la que pintó¹”, la producción de Mirian de los Angeles se encuadra perfectamente en esta máxima.
- Guy Amado
Crítico e pesquisador en arte contemporaneo
São Paulo/ Brasil
São Paulo/ Brasil
¹ WOLLHEIM, Richard. A pintura como arte. São Paulo: Cosac & Naify, 200